domingo, 5 de julio de 2009

Ser o estar peruano


Grecia Cáceres
Poeta, novelista.
Estudió lingüística y literatura en la PUCP.
Ha cursado estudios de doctorado en París y Saint-Denis (Francia).

Llegando a Lima, en junio. El avión aterriza pasando casi al ras del mar. Trato de ver por la ventanilla la tierra natal acercarse de manera vertiginosa, quiero saber qué siento, si, como los Titanes, al tocar ese suelo recuperaré todas las fuerzas agotadas en el camino para llegar hasta aquí. En realidad, no sentí nada hasta que hablé con la primera persona ajena a ese avión. Cruzar la primera mirada, dibujar la primera sonrisa, pronunciar la primera frase, en nuestro dialecto, de Lima. Y fue así. Sólo llegué al Perú cuando encontré a alguien, y me comprendió. No se necesitó más.
Creo que en este nuevo siglo una de las preguntas más actuales y quemantes va a ser la de la pertenencia a un país en tanto territorio. ¿Somos porque estamos o estamos por que somos? Con la facilidad con la que viajamos, con la rapidez de las comunicaciones, la ubicuidad ya se ha vuelto una propiedad más de nuestra existencia. Ni siquiera el inmigrante es ya lo que era. Mis abuelos inmigraron de Chile y nunca más volvieron a su tierra natal. Yo me fui a vivir a París, que es mi ciudad de residencia, pero vengo al Perú lo más seguido posible. Y cada vez que vuelvo, siempre ese mismo ritual, buscar con la mirada, el olfato, el corazón, huellas de que estuve aquí, antes, en una época anterior a todo razonamiento, edad de oro en la que se acepta el aquí y el ahora y en la que probablemente adoptamos una tierra, por natural, familiar y cercana, y un idioma por instrumento de comunicación. ¿La infancia? El que no habla percibe más por los sentidos, construye su universo a partir de todo tipo de materiales, un paisaje, un olor, un universo sonoro, esa gente que está allí como si siempre fuera a estar allí, antes de la ruptura, de la separación necesaria de la carne de tu carne. Yo soy un individuo y me voy a morir solo, un día.
Ser peruano o estar en el Perú. De repente soy más “peruana” precisamente cuando no estoy en el Perú, porque salta a la vista la diferencia, y por que cuando estoy en el Perú soy como todos esos que se codean conmigo. Entonces el problema para mi sería más cómo estar en el Perú, cuando estoy, que en el abstracto “soy peruana” en el extranjero. Estar en el Perú. Como hoy que escribo, estoy en el Perú desde el 23 de junio… hasta el 23 de julio. Lo horrible para mi es el “hasta”. Mi estancia tiene un límite, fijado, predeterminado, dibujado como una “no más” por el cupo en el avión de vuelta. Estoy por un tiempo delimitado que yo sé, que me circunscribe y me quita totalmente la naturalidad de desdibujarme en el paisaje. Estoy peruana por un tiempo, luego volveré a París para ser peruana viviendo en París por un tiempo no determinado y por ende, más natural.
Pero soy feliz, o estoy feliz de estar aquí, ahora. Porque es peruana, dirán ustedes… ¿Cuál es el problema? Lo importante es estar feliz. Sí estoy y soy feliz, pero no dejo de pensar en el porqué, porque de cierta manera la respuesta a esa pregunta es lo que soy y me mantiene en una cierta unidad que soy yo. Estoy feliz de estar en casa de mis papás, de reencontrarme con mis amigos de “antes”, de leer los periódicos y sumergirme en la actualidad peruana. Estoy feliz de ver a mis hijos jugar en el jardín, escuchar cantar a los pájaros, comer gelatina, mazamorra, fruta fresca a toda hora, de verlos ingerir, digerir y hacer suyo, en su carne, los productos que nacieron de esta tierra. Todo ello puede parecer cursi e insuficiente, irracional y plano. Pero esa sensación tan evanescente y poderosa de ser parte con mi cuerpo con el país sólo me pasa aquí. Sólo aquí y en ningún otro lugar del planeta, estoy sin estar de visita (aunque de paso), estoy sin ser un ser exótico, separado para siempre de los demás por algo que es mucho más que una lengua y costumbres, idiosincrasia y cultura. Es algo más, algo que sé es tontísimo y no se puede mencionar en un artículo serio como éste… hay solo un lugar en el mundo en el que no me pregunto si estoy o soy. Aquí y ahora. Por el tiempo que dure y aunque los minutos pasan inexorables… Yo me volteo, como quién voltea la página y sonríe, omnipotente, los signos ya no están bajo mis ojos, pero si quiero puedo volver a esa página y releerla, hay algo como la trama de una novela en la historia de un país. Algunas novelas me aburren, o me las olvido a la larga, la trama del Perú es como la novela que escribo. Yo formo parte de su urdimbre y a la vez levanto la nariz y veo lo otro. Que es lo otro. Y yo, en mi jardín privado, estoy y soy, y ese jardín es el Perú.

1 comentarios:

Alex Salas Kirchhausen on 6 de julio de 2009, 20:33 dijo...

Tengo una vida entera tratando de resolver esta pequeña pero inquietante pregunta. Siendo una armónica mezcla chalaco, católico, judio, suizo, andino, surquillano, miraflorino y hasta santiaguino, es difícil poder responder qué es ser peruano.

Creo que ser peruano tiene una primera característica es la forma particular de amar los conceptos, las cosas y las personas. Tenemos una enorme necesidad de amar, nos importa que aquello a lo que le otorgamos fijación estén bien, estables como una montaña, radiantes como un crucifijo dorado y siempre atractivos como un pequeño retablo.

En Perú no cocinamos para comer, cocinamos porque amamos. No dejamos nuestros hijos para ser empleadas domésticas en países extraños por necesidad, nos mueve el amor por nuestros hijos, no vamos a hacer grandes hazañas profesionales al extranjero sin saber que algo amado se queda en el puerto de partida y que por ello hay que volver algún día. El trabajo, la persistencia y la tolerancia a lo adverso son pequeñas cosas que forman parte de un proyecto amado.

Una segunda característica, es que ser peruano es una privilegiada condición “psiconeurológica” que nos permite vivir lo real – maravilloso dentro de la vida cotidiana. Somos de mente cerrada y abierta a la vez y nuestra vida interna y las historias que se nos van pegando a lo largo de los años son mágicas, increíbles. Aunque lo neguemos e independientemente de la raza, credo o nivel social; todos los peruanos nos sentimos especiales: tenemos algo que contar al mundo, tenemos verdaderos torneos de historias maravillosas en las reuniones con amigos en casa, cautivamos y a veces aburrimos a nuestros amigos extranjeros en los países que nos acogen, tenemos el sentido y la curiosidad de seguir viviendo. Esto hace que tengamos una individualidad muy marcada, que a veces nos juega muy a favor y otras muy en contra.

Una tercera característica, es que tenemos la cualidad de reírnos de todo, hasta de nuestras propias desgracias. Creo que el humor es algo que no podemos controlar, hay un porfiado instinto por reír y hacer reír a quienes nos rodean.

Ahora, un aspecto que nos caracteriza en parte y que no es bueno, justamente tiene que ver con nuestro exceso de contemplación en el pasado y en lo particular. Esto nos impone fuertes barreras para hacer una apuesta conjunta y confiada en el futuro y en los demás. La contemplación genera una perversa intención de hacer que la historia rime, que gane el “te lo dije”. Por ello es lógico que no seamos los mejores implementadores de planes del planeta ni uno de los grupos humanos más cohesionados, incluso hasta tenemos problemas para dirigir nuestra propia historia colectiva.

Eso creo, ser peruano es ser una persona inmensamente rica en el nivel interno, de altas magnitudes de creatividad, con la capacidad de convertir el peor momento de la historia en una comedia que vale la pena repetir, aunque a veces esa comedia pueda terminar por hacernos demasiado daño pero que al final nos hace reír tarde o temprano.

 

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